Quien piense que las máquinas recreativas son cosa del siglo 20 está totalmente errado. De hecho, tampoco se originaron en el siglo 19, como suele creerse. Es cierto que la bisabuela de las actuales tragamonedas nació en 1887, y que su padre fue un ingeniero mecánico alemán llamado Charles Fey, que cruzó el charco rumbo a Estados Unidos, en pos de mejores días. El error en que suelen incurrir muchas personas, es el pensar que la primera máquina recreativa fue la tragamonedas, porque en realidad hubo varias máquinas, incluso tan atrás en el tiempo como el siglo 17 o el 18.

Para refrescar la memoria (o conocer las máquinas en cuestión), basta recorrer una de las tantas ferias ambulantes que de vez en cuando visitan nuestra ciudad. Por lo regular, suelen traer juegos como el de la pitonisa mecánica, que luego de hacer algún truco, tras el cristal, entrega una tarjeta donde reza nuestro destino inmediato. Esta máquina recorría ya toda Europa en el siglo 18.

También recorrió el Viejo Mundo una máquina de tiro al blanco que no utilizaba moneda, sino que debíamos pagar por un determinado número de tiros y el único premio era la satisfacción de saber que uno tenía buena o mala puntería. Esta es anterior a la pitonisa mecánica.

Quizás fueron precisamente las máquinas de feria las que inspiraron a Fey a crear una máquina, que usaba campanas y cartas de póquer, visibles en unos rodillos giratorios ubicados en la parte más visible del artefacto, que al parar debían, para que el jugador gane, mostrar tres figuras iguales. El aparato tenía el tamaño de una antigua máquina registradora (más o menos las dimensiones de un mediano horno de micro-ondas doméstico). Lamentablemente, el único premio que podía reclamar un ganador en aquella época, era algún refresco o un paquete de cigarrillos, al dueño del establecimiento, por lo general una farmacia o tienda de abarrotes.

La razón por la que se considera tanto la invención de Fey es porque ideó un mecanismo sencillo para esta clase de máquinas.

Sittman and Pitt, fabricantes neoyorquinos, produjeron en 1891 una máquina que funcionaba de acuerdo a las reglas del póquer. Esta requería un níquel (moneda de cinco centavos de dólar) para funcionar y se popularizó rápidamente en los bares de Nueva York. Una vez introducida la moneda, el usuario debía tirar de una palanca ubicada en un costado de la máquina. Igualmente, en caso de ganar, el jugador tenía derecho a cigarrillos o a alguna bebida.

Luego se inventó una máquina que pagaba con goma de mascar, lo que ya representó un avance, pues los empleados del establecimiento únicamente cargaban a la máquina y el usuario tomaba su premio en cuanto lo ganaba.

Con el pasar de los años, las máquinas fueron refinándose, en función de las experiencias adquiridas con las máquinas precedentes, hasta llegar a las tragamonedas actuales, que son resultado de la evolución y la experiencia, integradas con las tecnologías modernas.